19 de junio de 2017

El respeto como barrera

Quién no se ha visto alguna vez, acorralado por los vaivenes de una conversación, pronunciando una frase parecida a la siguiente:


"Respeto tu opinión, pero no la comparto."

Esta es una señal de que el intercambio que acabamos de tener no ha sido satisfactorio para ninguno de los interlocutores. De hecho, es esa insatisfacción la que nos lleva a zanjar el asunto tan "educadamente". Quedamos como señores ante el otro, o eso creemos, o así está establecido en el protocolo, pero por dentro no nos quedamos tan bien, ¿verdad? Algo nos dice que hemos fracasado. Y... ¿en qué hemos fracasado, para ser concretos? En nuestro intento de convencer al otro. Por eso la charla termina cuando nos damos cuenta de que no es posible, y nos quedamos con esa sensación de haber perdido el tiempo ("no sé para qué digo nada...")

Esto nos está diciendo, a todas luces, que nuestro enfoque a la hora de comunicarnos no está siendo el adecuado. Claro que podemos convencernos de que el otro es muy testarudo, que es un ignorante... en definitiva, de que el problema no va con nosotros. Pero eso ya lo conocemos, para seguir en las mismas ya no estaríamos comentando nada.

Si nuestra única meta en la conversación es convencer al otro de nuestra postura, no nos estamos comunicando. Y si no, míralo del revés, la persona que tienes en frente sólo está hablando contigo para que cambies tu opinión por la suya. No es agradable, ¿verdad? Se nos quitan las ganas de argumentar... No obstante, este es el estilo de comunicación que predominantemente nos hemos acostumbrado a utilizar. No debería entonces extrañarnos tanto conflicto, tanta frustración, esa sensación de que en el fondo nadie nos escucha... Bueno, quizás deberíamos comenzar por preguntarnos "¿estoy escuchando yo?" Si me veo terminando mis diálogos con la frase comodín, utilizando el respeto como barrera, ya puedo darme cuenta de que no.

En realidad, ese obstáculo que parece que colocamos al final, ha estado presente desde el principio del intercambio. No hemos estado abiertos en ningún momento a la visión del otro, no le hemos escuchado más que para detectar las fallas de su discurso y atacar ahí con el "brillo de nuestra sabiduría". Es sólo al final, cuando nos hemos cansado, o cuando nos quedamos sin argumentos (ejem, ejem) cuando verbalizamos la actitud que hemos mantenido:

"Bueno, si tú lo ves así..."

"Quédate con tu opinión y yo me quedo con la mía"

"Ya veo que no te voy a convencer, pero tú a mí tampoco."

En un nivel más sutil, esto no es más que el acuerdo para no estar de acuerdo, que, si fuésemos totalmente sinceros, sonaría parecido a esto:

"Hemos llegado a un punto en el que hemos encontrado las flaquezas de nuestras visiones particulares, si seguimos adelante tendremos que soltarlas y encontrarnos más allá de ellas, en nuestra propia ignorancia; acordemos dejarlo aquí para que cada uno pueda mantenerse firme en su postura. Hagamos como que esto no ha ocurrido, hagamos como que no hemos visto que todo es mentira, respetémonos los autoengaños".

Esto en la versión light del asunto, claro, a veces simplemente nos cogemos un buen cabreo y nos amurallamos sin dar pie a nada más.

¿Esto está mal? En realidad no, nada está bien ni mal por decreto, pero yo te pregunto, ¿te es realmente útil y satisfactoria esta estrategia?
Como siempre, la respuesta puede ser muy variopinta. Desde luego que esta dinámica tiene su utilidad, precisamente la de conservar la estructura rígida que adoptamos para definirnos. Y mientras estemos aferrados a ella, este modelo, si bien no nos resulta agradable (porque por muy encasillado que uno se encuentre, agradable, lo que se dice agradable, nunca ha sido) creemos que así debe ser.

De alguna forma, el abrirse a comunicarse con el "otro" no difiere de abrirse a comunicarse con uno mismo. No puedo abrirme a comprender otras opciones si no estoy dispuesto a revisar la concepción que tengo acerca de mí mismo. Porque ése es el núcleo alrededor del cual gira la visión acerca de cualquier otra cosa. La perspectiva acerca de lo que sea me habla de cómo me veo a mí, quién creo ser para mí.
Por ello, cuando uno se abre a cuestionarse, comienza a descubrir otro mundo, y la comunicación se vuelve una herramienta excelente para ello. La visión del otro pasa a ser una fuente de riqueza. El otro puede ver lo que yo no veo, su enfoque puede enriquecer el mío.

Vamos a hacerlo sencillo. Imagina una tarta con varias porciones. Mi visión es sólo una pequeña porción de esa tarta, es un trocito, una visión parcial, limitada. Porque mi trocito de tarta lleva fresa, me creo que todo el pastel es de fresa, pero sólo lo creo, porque no lo he visto, no he visto las demás porciones. Generalizo lo que conozco y lo hago extensible a lo que no.




Pero es en la interacción con el otro que puedo ir descubriendo la tarta completa. Puede que la tarta sea de variadas frutas, o puede que también lleve chocolate, vainilla, nueces...

Si mi visión del mundo depende de que la tarta sea de fresa, porque en base a ello he construido todo mi "mundo de fresa", me va a dar pánico que alguien me diga que lleva kiwi, o avellanas. Y me da tanto miedo porque en el fondo sé que si el otro dice que lleva otra cosa es porque la lleva, porque él está saboreando su trozo, sabe que es así.

En cierto punto, puedo descubrir que el empeñarme en que la tarta es de fresa cuando otras personas refieren otro sabores, no va a hacer que sea de fresa, porque NO LO ES, igual que el señorito del "mundo de kiwi" no me puede convencer a mí de que toda la tarta lleva kiwi, porque en mi parte, la que yo he visto y probado, sólo hay fresa.




Puedo comenzar a darme cuenta de que mi perspectiva es particular, que seguir pensando que toda la tarta es de fresa y seguir tratando de convencer a otros de que lo es, mientras ellos tratan de convencerme de que es de otra cosa, no sólo es inútil, sino que nos lleva al conflicto constantemente. Además, y esta sí es una visión que lo cambia todo, puedo hallar que defender mi postura me limita, no me permite ver la realidad como es, con todos sus matices.

Si mi percepción es falsa, y yo creo que dependo de ella, esta percepción de mí también es falsa.

Cuando veo esto, puedo relajar mis límites, puedo soltar mi opinión. Y entonces ya no rechazo las de los demás, no sólo porque también son falsas, sino porque me ayudan a ver con mayor claridad la falsedad de la mía. Paso de defenderla a desmontarla.

Si mi percepción es falsa, lo mejor que puedo hacer es desmontarla por completo, en aras de no seguir creyéndome mis propias mentiras.

Podemos comunicarnos para defender nuestras opiniones, y quedarnos arrinconados en nuestra perspectiva, o podemos hacerlo para descubrir su falsedad y ampliar nuestras miras.

Puedo quedarme toda la vida con mi trocito de tarta de fresa, y comer fresa toda la vida autoconvenciéndome de que no hay otra cosa, o puedo soltar la dichosa fresa y abrirme a probar otros sabores, y así ir descubriendo que...

¡Guaaaaaau! La vida es mucho más que lo que a mí me parece.

Así, las opiniones diversas pasan a ser puntos de apoyo maravillosos para percibir de diferentes maneras. El respeto deja de ser una barrera para que no me toquen mi parcelita y pasa a ser un auténtico respeto por la genuina y única visión del otro, que ahora puede pasar a formar parte de la mía.

Respeto tu opinión, y la comparto.

No porque abandone mi postura y ahora me establezca firmemente en la tuya, sino como un punto de apoyo provisional para ver otro aspecto que me era inaccesible.

No me creo tu enfoque, como no me creo el mío, pero puedo ver como lo ves, y puedo mostrarte como yo lo veo. No para compararnos, no para ver cuál es verdad, (ya sabemos que ninguno), no para convencernos mutuamente, sino para "desconvencernos" a nosotros mismos.

La visión del otro me muestra matices que yo no veía, me descubre otro mundo que también puedo explorar, me permite comenzar a ver el puzzle del que yo, en mi mundillo de fresa, no era más que una simple pieza, inconsciente de su importancia. Por eso siempre necesitaba defenderla, por desconocimiento del valor genuino de mi pequeño mundillo, que no es mejor ni peor, que no es amenazado ni amenaza a otros, porque todos son reflejos de lo mismo, sabrosos fragmentos del pastel más variado que jamás ha existido. ;)




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