8 de abril de 2019

Naufragios literarios


Me gustan los textos que tienen grietas. Palabras que parecen barcas, pero no lo son. Océanos en los que uno parece estar remando en la superficie y de repente se ve, sin saber cómo, en el agua, e irremediablemente atraído por el silencio de las profundidades abisales. Escritos que no son horizontales, que no son caminos, son esferas, no son historias lineales, opciones únicas, versión cerrada, sino caleidoscopio, infinitas posibilidades. Libros que uno no necesita continuar leyendo, que puede tragárselos enteros en una frase, en una palabra, o, quizá, más bien, ser engullido por ellos. O que (en tal miseria no caigamos) uno puede cruzar enteros sin haberlos descubierto nunca, recorriendo con celeridad la superficie sin cruzar nunca ese filo, sin acceder nunca al auténtico viaje.

Qué misterio. No sé si serán los textos, o la forma de leerlos, o el alquímico encuentro de ambos.

Uno ya sabe, cuando bullen estas palabras, que en algún lugar y tiempo, alguien que todavía no las conoce ya las ha bebido. Y uno ya sabe, cuando las bebe, que se está disolviendo en el mismo mar que las pronuncia.

Miradas al mundo que destruyen el mundo. 
Palabras que explotan en el silencio. 
Océano encontrándose a sí mismo 
para volver a tragarse en colosal naufragio. 
Olas que diluyen la roca, beso a beso, 
olas que arrancan la roca y se la tragan.




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