12 de diciembre de 2016

Toda culpa es mi culpa




Toda culpa es mi culpa.

La culpa es el resultado de mi propio actuar en contra de mí mismo. Como no soporto haberme fallado, proyecto esa culpa en otro, y así, creyendo que me restauro, me sigo fallando, sigo haciendo más profunda la herida. Me culpo por fallarme, y me vuelvo a fallar al culpar a otro de mi propio fallo.

Si soy impecable, no hay culpa. Al no culparme a mí mismo, no necesito proyectar esa culpa en otros.

Al asumir mi responsabilidad, no necesito la culpa. Al asumir mi error, en ese mismo acto lo restauro.  El error desaparece. Soy inocente.

Si soy impecable, soy invulnerable. Al asumir mi responsabilidad, no necesito protegerme de mi propia inconsciencia, porque no hay partes oscuras, todo está a la luz. No necesito dividirme, descubro que el otro soy yo.

Al no sentirme dividido, no tengo miedo, la culpa no aparece.

Asumir la culpa no es cargarla, es al no asumirla cuando la cargo, cuando la acumulo sobre mis hombros, cada vez más pesada. Asumirla es soltarla. Asumirla es disolverla.

Ser impecable no es ser perfecto, no es no cometer errores, sino asumir que son mis errores, y que su origen y su disolución están en mí. Si confundo impecable con perfecto, intento crear una imagen perfecta de mí. Para ello tengo que esconder mis errores, para ello necesito la culpa.

¿Para qué necesito la culpa, si puedo asumir la responsabilidad de tranformar aquello por lo que me siento culpable? ¿Para qué proyectar la culpa en otro y seguir alimentando el sufrimiento si puedo engullirla sin más efectos secundarios que la restauración de la paz y la inocencia, que es en el fondo lo único que ansío?

Cuando asumo las cosas como son, es cuando pueden transformarse.

¿Para qué esperar la paz si ya la tengo?



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