8 de agosto de 2016

Herejía

No estoy dispuesta a obedecer leyes, normas ni tradiciones que contradigan mi sentir en ese instante.
Cuando tengo el corazón abierto, no son necesarias normas que dictaminen lo que está bien y lo que está mal. El mal no existe excepto en mi mente, cuando cierro mi corazón y me construyo una muralla de ideas y de protección contra ellas. Proyecto un mundo horrible y luego tengo miedo, porque me lo creo, y ayudo a crearlo cuando reacciono contra él. No hay mundo horrible excepto en mi mente. Y ya me he dado cuenta de que puedo utilizar mi mente de otra manera, y que no necesito protegerme de mis propios fantasmas, sólo tengo que dejar de creérmelos, de creármelos.

Yo no soy nada de lo que había creído ser, y no pretendo ser nada de lo que me habían dicho que tenía que ser.
No me esfuerzo en ser buena. No me importa si me ves mala o desconsiderada. Las normas morales no me merecen respeto, porque están hechas para sustituir el respeto real que tengo en mi corazón.

No existe el mal hasta que pienso en él. El mal es fruto de una idea. Y soy capaz de tener ideas mejores.