10 de agosto de 2016

Haciendo las paces con la mentira

La mentira no es algo malo. No existen personas mentirosas y personas sinceras. Eso es un error de percepción, esa es una visión dual de la realidad. Lo cierto es que la mentira y la verdad forman una sola unidad, y se encuentran dentro de cada uno, como fractales que somos de esa totalidad.

La mentira es parte estructural de esta aventura que vivimos a la que llamamos vida humana. Todos somos mentirosos compulsivos, a no ser que decidamos conscientemente comenzar a dejar de serlo, comenzar a abandonar la personalidad, la máscara.

La personalidad humana es un amasijo de mentiras. Esperar que una persona sea sincera es vivir muy alejado de la realidad. La identificación con la persona lleva implícita la mentira y, además, lo que es más importante y que da lugar a ésta, el autoengaño. Todos hemos tenido que autoengañarnos para creernos ser este bicho con dos patas, absolutamente todos hemos tenido que construir un castillo de mentiras para vivir esta experiencia.

Pedir sinceridad a una persona es una parte más del guión, pedir sinceridad mientras yo estoy mintiendo es infantil e irresponsable e implica que sigo defendiendo mi personalidad frente a la tuya, que me parece una amenaza. Te pido sinceridad a ti cuando en realidad necesito que me mientas para seguir creyéndome mi propia mentira. Es un juego sutil y muy doloroso. Te pido sinceridad cuando lo único que espero es que me mientas lo mejor posible, para que lo que ya sé que es mentira parezca verdad.

Todo engaño se apoya en un autoengaño. La mentira es cosa de uno, siempre con uno mismo, y es a la vez un acuerdo entre dos, dos que se asocian para mentirse en lo mismo, para reforzar sus propias mentiras, para darles veracidad. Al final, cuando se caen los velos, culpamos al otro, haciéndonos los locos, como si no hubiésemos sido cómplices desde el primer segundo.

Podríamos decir que es algo inconsciente, pero inconsciente, si somos honestos, no es más que aquello que no queremos ver, pero en realidad lo estamos viendo siempre, aunque miremos a otro lado. De hecho, aquello que llamamos inconsciente es el centro de nuestra vida, es aquello en torno a lo cual gira todo, aunque no lo queramos reconocer. "Yo no quiero que me mientan" es en si mismo una mentira, porque de lo que tengo miedo es de que me digan la verdad, de lo que tengo miedo es a descubrir que la mentira que me cuentan los otros en realidad es mi propia mentira, que nadie puede engañarme en lo que yo no me engaño, que yo le estoy pidiendo al otro que por favor me mienta, cuando le pido que me diga la verdad.